El poder de saber observar

Siempre he sido un joven antisocial, tímido en exceso y que prefiere estar encerrado en casa leyendo, viendo series o películas, haciendo tareas y jugando videojuegos, lo que no es del agrado de mis padres, quienes me motivan a salir, pero la verdad es que yo estoy muy contento siendo como soy y haciendo lo que hago. Otro de mis gustos, aunque un poco raro, es observar a la gente a través de la ventana de mi cuarto, sólo recorro un poco la cortina y a través de las celosías que la adornan comienzo a imaginar lo que están pensando por su rostro o por su manera de caminar, si van dos o más imagino lo que dicen y en la situación que se encuentran. Sin embargo, nunca imaginé que este gusto me llevaría a descubrir algo que me erizó la piel.

Después de varios días de observar te das cuenta de que la gente es demasiado monótona y siempre hace lo mismo, descubres a qué hora pasarán por la calle de enfrente, con quién lo harán y en ocasiones puedes saber cómo se vestirán. Entre las seis o siete de la tarde siempre pasa un adulto joven, como de unos 35 años, edad en la que no sabes si decirle señor, joven, chavo o don. Parece que regresa a casa después de trabajar como oficinista, pues lleva su maletín y un traje que no siempre está bien planchado pero con unos zapatos muy bien boleados. Casi siempre camina con la cabeza agachada, no sé si por timidez o por cansancio, pero un día cambió su actitud.

Seguía pasando a la misma hora y por la misma acera, pero sus ojos ya no veían el suelo, ahora volteaban a todas partes, hacía los lados y atrás, como si alguien estuviera siguiéndolo y tuviera pavor de que lo alcanzaran. En una ocasión un hombre iba detrás de él, usando una sudadera gris y con la gorra puesta, las manos las llevaba dentro de los bolsillos de sus pantalones de mezclilla y caminaba con la cabeza agachada, moviéndola como si estuviera escuchando música. Cuando el nervioso empleado de una oficina lo vio, apretó el paso, comenzó a caminar más rápido, muy cerca de trotar. El que lo seguía no hizo nada, siguió su rumbo al mismo paso. Mi mente estaba llena de teorías, de historias de suspenso, dignas de los thrillers que tanto me gustan. Pero jamás imaginé que estaba a días de presenciar un crimen.

Los días pasaban y el hombre seguía caminando nervioso, incluso un par de veces volvía a tener a su espalda al hombre de la sudadera, quien cambiaba el color de su atuendo, pero mantenía la misma postura y siempre cubriéndose el rostro. Una tarde lluviosa, el de la sudadera alcanzó a su presa y cuando estaba a punto de sacar algo de la parte trasera de su pantalón, el hombre nervioso se quitó el saco, que era de donde lo tenían agarrado, y echó a correr. De pronto se escuchó el estallido, era el disparo de una pistola y la bala se incrustó en la espalda del otro hombre.

Desde el cambio de actitud del señor de 35 años supe que debía llamar a la policía, pero nunca me atreví, hasta que un día antes del disparo los alerté, les dije que si podían vigilarlo por si algo pasaba y al parecer me hicieron caso, porque dos patrullas aparecieron en cuanto detonaron el arma, lo que provocó que capturaran al hombre de la sudadera.