Nunca digas nunca

Hace algunos años tuve un accidente grave que me dejó inmovilizado durante varios meses, pues me rompí las dos piernas y fui operado de ambas extremidades, así que de no poder moverme, aunado a la depresión en la que caí, aumenté varios kilos y comencé a padecer de sobrepeso, lo que significaba que afectaría mi rehabilitación, ya que mis piernas podrían no soportar mi nuevo peso y tardaría más tiempo del esperado. Así que los médicos me recomendaron ir al gimnasio, uno que tuviera instructores especializados y así lo hice.

Yo no tenía ganas de hacerlo pero me daba miedo que mis piernas pudieran romperse y necesitar una nueva cirugía. Durante los primeros días era un martirio realizar los ejercicios, pues se me complicaban y en diversas ocasiones quise desistir, pero rescataba una pizca de fortaleza y seguía. Pero no lograba ver los resultados esperados, lo cual era lógica al sólo realizar actividades sentado, por lo que en un día de debilidad decidí que ese sería el último. Conseguía terminar los ejercicios pero de mala gana y sin esforzarme, de lo cual se percató mi instructor y me pidió que lo acompañara, pues quería presentarme a alguien.

Fuimos a un espacio el cual no conocía, era una sala cubierta de espejos en las paredes, el piso era laminado y daba la apariencia de ser de madera. Ahí sólo había dos personas, un joven con sobrepeso y una instructora realizando diversos ejercicios. El chico parecía estar muy animado, hasta que entramos y escuchaba su rictus de dolor. “Él es Diego, padece sobrepeso actualmente, pero hace un año sufría de obesidad mórbida y en algunas ocasiones quiso irse, salir por esa puerta y jamás regresar. Incluso llegó a faltar cuando mucho dos días, pero volvía, pidiendo perdón. Nosotros le decíamos que no debía disculparse con nosotros, sino con él mismo. Le dijimos que sabíamos del dolor por el que atravesaba y que no se iba a ir en un buen rato, pero que al final su cuerpo y su salud se lo iban a agradecer, incluso su personalidad y sus relaciones sociales”.

No supe qué decir, primero pensé que no se podía comprar obesidad con la rotura de tus piernas, además él mismo se provocó estar así, pues parecía de esas personas que podrían comerse solos un servicio de taquizas, pero la obesidad mórbida es un peldaño muy alto, donde incluso se puede llegar a perder el movimiento de las extremidades, se incapacita a realizar algunos otros que son tan comunes en nuestras vidas. Al ver que a pesar del dolor y la frustración, Diego seguía esforzándose, entonces el instructor que me lo presentó interrumpió mis pensamientos. “Quizá aún lo veas con muchos kilos de más, pero ha logrado avanzar a pasos agigantados, perdiendo más de cien kilos”. Mis ojos se abrieron inmensamente, sorprendido. Esa fue la frase que me motivó a seguir, a no darme por vencido y jamás pensar en que nunca iba a mejorar por no tener la movilidad en mis piernas. Hoy soy una persona atlética gracias a Diego, quien aunque nunca me conoció, fue fuente de inspiración para terminar con éxito mi rehabilitación y poder tener una vida normal.